miércoles, 6 de enero de 2010

El perro que comió

un alfajor de su mano


Un perro nos sigue.


Yo digo que no va a comerse un alfajor,

pero ella dice que sí.


Cuando se lo da,

el perro casi le saca un dedo.


Es que es salvaje.

Pelo sucio. Flaco y con cicatrices en la cabeza.

Tiene esa belleza que sólo alcanzan las cosas

que no fueron domesticadas del todo.

Esas que te recuerdan que la vida -por suerte-

no es siempre como debe ser.


El perro tiene ojos de carne cruda

y casi le saca un dedo

cuando ella acerca el alfajor

a sus dientes.


Y no es culpa del perro,

yo también quiero comérmela.


El lugar está casi desierto.


El perro mastica como si supiera

lo mismo que sé yo:


Pocas veces llega una muñeca

y te regala

algo así.
Toda mi inspiración se la debo
a la pizzería de la esquina.

La musa. Ja.
Sí, sí. Cómo no.
Tengo hambre.

Son las 2 de la tarde
y desde las 9 que estoy sentado
frente al word en blanco.

La musa. Ja.
Sí, sí. La grande de muza.

Agarro el teléfono y llamo.
Al rato, llega.

Me siento en la mesa de la cocina.
La miro un rato antes de empezar.

En el tomate,
veo sangre coagulada.
En las aceitunas,
algo podrido.
En el queso que se estira,
tejidos de carne vieja y descolorida
que se desgarran.

Las cosas empiezan a tener sentido.

No sé muy bien de qué va a ir el asunto,
pero sí sé que va a ser de zombies.

Gracias, Güimpi.

martes, 5 de enero de 2010


Barrio Chino

Me gusta pasear por el Barrio Chino que hay en Belgrano.
Los supermercados están llenos de cosas.
Hay anguilas que nadan en tachos.

Todo tiene precio.

Y la única diferencia entre todas las cosas y las anguilas,
es que las anguilas están vivas.

Animal Planet

En la televisión intentan venderme
los dibujos animados de Jesús
y un par de imbéciles
me los recomiendan,
sonriendo desde la pantalla.
Dicen que todavía estoy a tiempo.
Que puedo encontrar la paz.

De Jesús a la trinidad.
Sonrío. Con casi todo el odio del mundo.
Es obvio que ella me miente.
Es obvio que, entre nosotros, hay otro tipo.

Pongo Animal Planet
y unas leonas intentan comerse a un jabalí
pero no pueden.

La habitación está oscura.
Hace un calor insoportable.
El pelo se me pega en la cara.
Es obvio que ella me miente.

Un oso polar que parece adorable
salta sobre la nieve y,
después de muchos intentos fallidos,
encuentra una foca escondida y se la come.

El hielo se pone rojo.

El oso polar me mira fijo.

Él sospecha cómo son las cosas:
Nada y nada hasta que, alguna vez,
aparece algo.
El oso sabe que ella
es como encontrar un bidón de agua en el desierto
después de haber pasado 3 días de sed.
Un bidón gigante. De 500 litros.
Algo demasiado pesado.
Algo que es preferible
pasar por alto
y olvidar
y morir.

Veterinario (dedicado al pájaro azul)

Hay un pájaro parado en una cornisa.

Yo fumo.

El pájaro no.

Nos miramos.

Pienso que estamos

en paz a pesar de nuestras diferencias.

El no vuela ni nada.

Me deja estar cerca.

A lo mejor lo hace porque no puede moverse,

quizás está enfermo o moribundo,

y yo no lo sé porque no soy veterinario.

Prefiero pensar que estamos

en paz.

Una paz parecida a la que tengo cuando mi hijo se ríe

y hace temblar el mundo con truenos que estallan sobre

un arco iris de colores que no existen.

Pego una pitada:

¿Vamos a poder con un mundo en donde un hijo de puta

ata a un perro a una pared y lo deja morir de hambre

diciendo que es arte?

¿Vamos a poder con todos esos hijos de puta

que fueron a la exposición

y no dijeron nada?

El pájaro sigue ahí.

Sin fumar y sin hablar.

Nos miramos otra vez.

Creo que nos entendemos.

Apago el cigarrillo y me voy,

sabiendo que si él salta,

no va a caerse.

Las alas le van a servir.

No soy veterinario,

pero me doy cuenta

de eso.

Complejo Reptílico


Ahora soy feliz,

pero la desesperación sigue ahí.


El suelo está siempre minado

y nunca sabés bien dónde pisar.


Las iglesias, los cabarets y los mataderos

están hechos de lo mismo.

De cemento.


La agresión y el sexo están muy cerca, en el complejo reptílico.

La parte más primitiva y profunda del cerebro.


El amor y el odio vienen de ese abismo.


La cordura está muy bien

pero es fácil de romper.


Como el cuello de una gallina.


Un poquito de poesía

Mientras te estás quedando dormido


Prendo la televisión y unos indios

dicen que la muerte es un sendero

que te lleva al otro lado del bosque.


Para mí las cosas son distintas.


Para mí la muerte es la correa roja de mi perro

sin mi perro.

Para mí la muerte es el sobretodo marrón de mi viejo

sin mi viejo.


No es como dicen los indios.


No hay sendero.

No hay bosque.

No hay otro lado.

No hay nada

porque la muerte es eso.


Una ausencia que siempre,

mientras te estás quedando dormido,

te acomoda las sábanas, te sonríe

y te da el beso de las buenas noches.