jueves, 25 de marzo de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
Suena el teléfono.
“¡Hola, pa!”
“¡Ey! ¡Cuco! ¡Hola!”
“¡Paaaaapiii! ¿Vas a venir?”
“Estoy yendo a buscarte”
“No, pero quiero decirte otra cosa”
“Decime, decime”
“Vamos a ir al fin del mundo.
En 10 años. En un cohete.
Y va a haber volcanes.
Y vamos a poder volar.
Y yo quiero ir con vos.
¿Vas a venir?”
“Sí, hijo. Claro.
Vamos a ir juntos”
Y esa es la respuesta más real
que le di a alguien
en toda mi vida.
En la manada
las cosas son simples.
Cuando dos lobos empiezan a llevarse bien
se muestran los dientes
como diciendo:
“¿Los ves? ¿Te das cuenta?
Podría desgarrarte
y lastimarte mucho con estos.
Podría hacerte agujeros
y pintar de rojo
todo el bosque,
pero eso no va a pasar
hoy
porque te quiero”.
Los lobos sonríen.
Como nosotros.
Porque sonreír es eso:
Mostrar amor.
Mostrar los dientes.
lunes, 11 de enero de 2010
Cada vez mejor
Mi viejo murió súbitamente
en el baño de casa,
pero al rato
volvió.
Escuchamos un ruido
y golpeamos la puerta.
Nada.
Cuando abrimos
estaba ahí tirado.
Después llegó la ambulancia
y él reaccionó un poco
y se lo llevaron
al hospital.
Los médicos nos dijeron
todo.
Había estado muerto unos minutos,
pero había vuelto.
No como en las pelis de zombies de Romero,
sino más bien como Víctor Sueiro.
La diferencia era que mi viejo,
cuando volvió de estar muerto,
no dijo una palabra de la luz al final del túnel,
ni de la paz que había sentido,
ni del largo viaje que había hecho.
Él seguía hablando de cosas importantes:
De perros, de caballos y de boxeo.
Mucho tiempo después,
se perfeccionó
en esto de morir.
El cáncer se había
empecinado en dejar una
cáscara vacía
sin ningún rastro
de lo que él había sido,
pero seguía peleando.
Se paraba como podía
y se ponía en guardia,
levantando los huesos de sus puños
con sus huesos,
porque no quedaba
mucho más.
Unas horas antes de morir –definitivamente-,
cuando los médicos
le preguntaron
cómo se sentía,
él les dijo sonriendo:
Cada vez mejor.
Y eso fue todo.
La muerte noqueó para siempre
a
que, supongo,
podría haber peleado
de igual a igual
con Tyson.
viernes, 8 de enero de 2010
Nos paramos muy cerca.
Nos miramos a los ojos.
Nos damos un beso.
Sacamos cuchillos, revólveres, granadas
y empezamos el show.
Nos abrazamos
tratando de rompernos las costillas
y cogemos
mirándonos en los espejos del techo.
Si ellas están indispuestas
es mucho mejor,
porque parece un asesinato
con toda esa sangre.
A la mañana siguiente nos vestimos.
Decimos un par de palabras dulces
y queremos estar muertos
o, por lo menos, estar lejos.
Muy lejos.
En otra
parte.
Si te vas voy a llorar
todo de golpe
y después nada.
Absolutamente nada.
Me voy a quedar ahí parado
y me voy a sentir tan estúpido
como un semáforo cambiando
cuando ya es muy tarde
y no hay autos
en las calles.
Si te vas no voy a tener
a quién cuidar.
Voy a estar triste y sin sorpresas,
como la muerte en un geriátrico.
Voy a estar solo
y voy a escribir cualquier cosa
menos tu nombre.
Porque escribir tu nombre sería como morirme
y, después, llamarme por teléfono
a mí mismo muerto
y quedarme esperando
Surfer era gigante y negro y marrón
y podía arrancarte un brazo de una sola mordida.
Había pasado casi toda la vida en la calle
y terminó en una perrera.
Les costó trabajo agarrarlo.
Al principio, nadie podía acercarse a él.
Después, de a poco, fue haciéndose amigo de los cuidadores.
Todo estaba bien mientras no tocaran su comida.
Surfer sabía cómo eran las cosas:
Si alguien tocaba algo que realmente querías,
ese alguien tenía que morir.
Las perreras ubican en casas a los perros de la calle
pero ninguna casa tenía lugar para Surfer
porque él sabía demasiado.
Así que decidieron matarlo.
Un día cualquiera le pusieron una inyección
y Surfer dejó el mundo sin que nadie pudiese
tocar su comida.
Dejó el mundo muchísimo más vivo y con más sabiduría
que el boludo que lo inyectó.
Y no creas que nadie lloró por ese perro
gigante y negro y marrón
porque yo lo hice.
Y no creas que no importa
porque sí importa.
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