viernes, 17 de septiembre de 2010

Estigma


Entro a la iglesia

y me quedo un rato

mirando la cruz.


Maravillado.


La historia no puede ser mejor.


Dios nos mandó a su hijo para salvarnos.

Nosotros lo torturamos, lo crucificamos

y se lo mandamos de vuelta.


Sólo nos faltó colgarle un cartel del cuello

(para que el mensaje quedase bien claro).


Un cartel con letras rojas y gigantes que dijera:

Bajá cuando quieras, que para vos también hay.

Todo lo fuerte que puedo


¿Estarás viendo la luz roja que titila

o ya te habrás dormido?


Pienso en la mierda que masticaste.

Pienso en ir a buscarte y llevarte lejos.


No tengo moto. Tampoco necesito una.

Tengo una Loaded con 4 Durian amarillas

y, con sólo una patada, podría estar ahí

antes de que termines de decir paralelepípedo.


¿Escuchás? Soy yo.


Estoy rascando el vidrio de tu ventana

como el nene vampiro de Salem’s Lot.


Dale. Es hora de irnos.


No tengas miedo.

Podés saltar con los ojos cerrados.

Estoy ahí.


Ya sé que los del weather channel

no te avisaron nada

y la tormenta te agarró desprevenida.

No importa.

Vine a buscarte para llevarte conmigo.


Para que demos una vuelta

entre los rayos y los truenos.


Dale. Es hora de irnos.


Me da lo mismo que el cielo

se caiga a pedazos,

que la ciudad se parta en dos,

y que el diablo intente tirarnos

de un manotazo.


Nada va a bajarte de mi tabla.


Y no es porque yo patine bien.


Es porque mientras nos perdemos

en lo negro de la noche

estoy agarrándote fuerte.


Todo lo fuerte que puedo.

jueves, 25 de marzo de 2010

miércoles, 13 de enero de 2010

Un viaje al fin del mundo

Suena el teléfono.

“¡Hola, pa!”

“¡Ey! ¡Cuco! ¡Hola!”

“¡Paaaaapiii! ¿Vas a venir?”

“Estoy yendo a buscarte”

“No, pero quiero decirte otra cosa”

“Decime, decime”

“Vamos a ir al fin del mundo.
En 10 años. En un cohete.
Y va a haber volcanes.
Y vamos a poder volar.
Y yo quiero ir con vos.
¿Vas a venir?”

“Sí, hijo. Claro.
Vamos a ir juntos”

Y esa es la respuesta más real
que le di a alguien
en toda mi vida.
Algo que nos enseñaron ellos

En la manada
las cosas son simples.
Cuando dos lobos empiezan a llevarse bien
se muestran los dientes
como diciendo:

“¿Los ves? ¿Te das cuenta?
Podría desgarrarte
y lastimarte mucho con estos.
Podría hacerte agujeros
y pintar de rojo
todo el bosque,
pero eso no va a pasar
hoy
porque te quiero”.

Los lobos sonríen.
Como nosotros.
Porque sonreír es eso:
Mostrar amor.
Mostrar los dientes.

lunes, 11 de enero de 2010

Cada vez mejor


Mi viejo murió súbitamente

en el baño de casa,

pero al rato

volvió.


Escuchamos un ruido

y golpeamos la puerta.


Nada.


Cuando abrimos

estaba ahí tirado.


Después llegó la ambulancia

y él reaccionó un poco

y se lo llevaron

al hospital.


Los médicos nos dijeron

todo.


Había estado muerto unos minutos,

pero había vuelto.

No como en las pelis de zombies de Romero,

sino más bien como Víctor Sueiro.


La diferencia era que mi viejo,

cuando volvió de estar muerto,

no dijo una palabra de la luz al final del túnel,

ni de la paz que había sentido,

ni del largo viaje que había hecho.

Él seguía hablando de cosas importantes:

De perros, de caballos y de boxeo.


Mucho tiempo después,

se perfeccionó

en esto de morir.


El cáncer se había

empecinado en dejar una

cáscara vacía

sin ningún rastro

de lo que él había sido,

pero seguía peleando.


Se paraba como podía

y se ponía en guardia,

levantando los huesos de sus puños

con sus huesos,

porque no quedaba

mucho más.


Unas horas antes de morir –definitivamente-,

cuando los médicos

le preguntaron

cómo se sentía,

él les dijo sonriendo:

Cada vez mejor.


Y eso fue todo.


La muerte noqueó para siempre

a un petiso diminuto

que, supongo,

podría haber peleado

de igual a igual

con Tyson.

viernes, 8 de enero de 2010

No sabría decirte por qué

Nos paramos muy cerca.
Nos miramos a los ojos.
Nos damos un beso.

Sacamos cuchillos, revólveres, granadas
y empezamos el show.

Nos abrazamos
tratando de rompernos las costillas
y cogemos
mirándonos en los espejos del techo.

Si ellas están indispuestas
es mucho mejor,
porque parece un asesinato
con toda esa sangre.

A la mañana siguiente nos vestimos.
Decimos un par de palabras dulces
y queremos estar muertos
o, por lo menos, estar lejos.

Muy lejos.
En otra
parte.